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18/04/2007
Me gusta escribir, pero hacía 52 días que no publicaba en este espacio. Lamento que esto suceda, pero me veo abrumado por mis ocupaciones y se me dificulta preparar las entradas del blog. Espero ser comprendido por mis lectores, y hoy quiero compartirles este magnífico texto del escritor mexicano Salvador Elizondo, ojalá les guste. Especialmente dedicado a mi amiga Blanca Inés.
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EL GRAFÓGRAFO
Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo.
Salvador Elizondo | | 08/05/2006
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LOS HOMBRES GRISES
Existe una cosa muy misteriosa, pero muy cotidiana. Todo el mundo participa de ella, todo el mundo la conoce, pero muy pocos se paran a pensar en ella. Casi todos se limitan a tomarla como viene, sin hacer preguntas. Esta cosa es el tiempo.
Hay calendarios y relojes para medirlo, pero eso significa poco, porque todos sabemos que, a veces, una hora puede parecernos una eternidad, y otra, en cambio, pasa en un instante; depende de lo que hagamos durante esa hora.
Porque el tiempo es vida. Y la vida reside en el corazón.
Michael Ende, Momo | | 30/01/2006
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SANDÍA
¡Del verano, roja y fría carcajada, rebanada de sandía!
José Juan Tablada |
¿Tú qué harías con un millón de sandías?
Vaya locura tantas sandías juntas, aunque sean deliciosas. A continuación un texto de Isidoro Blaisten que versa sobre el tema.
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Un millón de sandías
Resulta que dos negros estaban dormitando en las laderas del Mississippi. Uno de los dos se desperezó, bostezó, suspiró y dijo: - Cómo me gustaría tener un millón de sandías. El otro negro preguntó: - Rostus, si tuvieras un millón de sandías, ¿me darías la mitad? - ¡No! - ¿No? ¿No me darías un cuarto? - No, no te daría un cuarto. - Rostus, si tuvieras un millón de sandías ¿no me darías diez sandías? - No. - ¿No me darías ni siquiera una sandía? ¿A mí, que soy tu amigo? - Mira, Sam, si tuviera un millón de sandías, no te daría siquiera una sola raja, una sola tajada de sandía. -Pero, ¿por qué, Rostus? -Porque eres demasiado perezoso para soñar por ti mismo.

| | 18/12/2005
Bien, pues por fin salí de vacaciones y tengo algo de tiempo para volver a mi espacio. Aún tengo mucho trabajo, pero puedo mantener un ritmo mucho más relajado. Aquí les presento un texto del gran escritor mexicano José Juan Tablada (1871-1945), quien inició nuestra poesía contemporánea e introdujo el haikú (俳句) -que es una de las formas de poesía tradicional japonesa más extendidas- en lengua española.
Precisamente aquí les presento una de sus obras del haikú. Espero que les guste.
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UN MONO
El pequeño mono me mira... ¡Quisiera decirme algo que se le olvida!
José Juan Tablada | | 08/10/2005 De entre todos los matemáticos que han existido, destaca la figura del francés Evariste Galois (1811-1832), el matemático más precoz de la historia, quien pasó en la cárcel el último año de su vida, detenido por sus ideas revolucionarias. Su trabajo ofreció las bases fundamentales para la teoría que lleva su nombre, una rama principal del álgebra abstracta; fue uno de los fundadores del álgebra moderna, revolucionó la matemática valorizando el uso de la noción de estructura. Nació en la localidad de Bourg-la-Reine, y mientras aún era un adolescente, fue capaz de determinar la condición necesaria y suficiente para que un polinomio sea resuelto por radicales, dando una solución a un problema que había permanecido insoluble durante muchos años. Fue el primero en utilizar el término "grupo" en un contexto matemático.
En sus convicciones filosóficas, excepcionalmente avanzadas para su época, basó su enfoque de la ciencia como actividad humana y colectiva. Murió finalmente en un duelo por una mujer, que tal vez fuera una intriga real para acabar con él -tal y como lo afirmó siempre su hermano menor- debido a sus radicales posturas políticas en contra de la monarquía.
Es una de las personas que más admiro, y quisiera compartir con todos su historia, por eso les recomiendo ampliamente una novela basada en su vida y que yo creo que sería de su agrado. Cabe mencionar que no es necesario saber matemáticas para leerla.
El elegido de los dioses es un libro del matemático Infeld Leopold -discípulo de Albert Einstein-, quien lo escribió como novela y relata la vida del gran matemático y revolucionario Evariste Galois, un genio con vocación social. Para escribir la obra el autor se documentó ampliamente y cita sus fuentes al final del libro. Y aunque contiene algunos tintes de ficción, el autor aclara: "La verdad es consecuente consigo misma y en última instancia allí donde faltan documentos, allí donde deben sustituirlos la deducción y la imaginación, esta autoconsistencia es el único criterio de verdad ".
El personaje era hijo de una familia de políticos y juristas, y fue educado por sus padres hasta los doce años, momento en el que ingresó en el Collège Royal de Louis-le-Grand, donde enseguida mostró unas extraordinarias aptitudes para las matemáticas. Con sólo dieciseis años, interesado en hallar las condiciones necesarias para definir si una ecuación algebraica era susceptible de ser resuelta por el método de los radicales, empezó a esbozar lo que más adelante se conocería con el nombre genérico de «teoría de Galois», analizando todas las permutaciones posibles de las raíces de una ecuación que cumplieran unas condiciones determinadas. Mediante dicho proceso, que en terminología actual equivale al de hallar el grupo de automorfismos de un cuerpo, sentó las bases de la moderna teoría de grupos, una de las ramas más importantes del álgebra. Galois intuyó que la solubilidad mediante radicales estaba sujeta a la solubilidad del grupo de automorfismos relacionado. A pesar de sus revolucionarios descubrimientos, o tal vez por esa misma causa, todas las memorias que publicó con sus resultados fueron rechazadas por la Academia de las Ciencias, algunas de ellas por matemáticos tan eminentes como Cauchy, Fourier o Poisson. Subsiguientes intentos de entrar en la Escuela Politécnica se saldaron con sendos fracasos, lo cual le sumió en una profunda crisis personal, agravada en 1829 por el suicidio de su padre.
Encarcelado por sus ideales políticos, dos días antes de su muerte Galois fue liberado de la prisión. Miembro activo de la oposición antimonárquica, se vio implicado en un duelo cuyas motivaciones aún hoy permanecen confusas. Los detalles que condujeron a su duelo (supuestamente a causa de un lío de faldas) no están claros. Lo que queda para la historia es la noche anterior al evento. Previendo su más que posible muerte en el lance, trabajó febrilmente en una especie de testamento científico que dirigió a su amigo Auguste Chevalier. Evariste Galois estaba tan convencido de lo inmediato de su muerte que pasó toda la noche escribiendo cartas a su amigos republicanos y componiendo lo que se convertiría en su testamento matemático. En estos últimos papeles describió someramente las implicaciones del trabajo que había desarrollado en detalle y anotó una copia del manuscrito que había remitido a la academia junto con otros artículos. El 30 de mayo de 1832, a primera hora de la mañana, Galois recibió un disparo en el abdomen y murió al día siguiente a las diez (probablemente de peritonitis) en el hospital de Cochin después de rehusar los servicios de un sacerdote. Sus últimas palabras a su hermano Alfredo fueron: "¡No llores! Necesito todo mi coraje para morir a la edad de 20 años".
Las contribuciones matemáticas de Galois fueron publicadas finalmente en 1843 cuando Liouville revisó sus manuscritos y declaró que aquel joven en verdad había resuelto el problema de Abel por otros medios que suponían una verdadera revolución en la teoría de las matemáticas empleadas. El manuscrito fue publicado en el número de octubre de 1846 del Journal des mathématiques pures et appliquées.
Ojalá se animen y conozcan un poco más sobre este mítico matemático cuya vida y obra es motivo de inspiración para muchos, matemáticos y no matemáticos.
Evariste Galois el elegido de los dioses
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Un genio matemático
Un revolucionario
Un mártir del régimen | 02/09/2005
"A pesar de que su padre era anglicano y su madre anabaptista, a pesar de que desde muy pequeño estuvo acostumbrado a los cuentecillos de rigor en un hogar religioso y en la escuela dominical, nunca creyó en la abstracta y estéril mitología cristiana que imperaba en torno a él. En cambio fue un devoto de los cuentos de hadas y de las Mil y Una Noches, en los que tampoco creía, pero los cuales, pareciéndole tan ciertos como la Biblia, le resultaban mucho más divertidos" H. P. Lovecraft
Hoy quiero recomendarles la obra de un gran escritor de origen gringo, Howard Phillips Lovecraft, nacido el 20 de agosto de 1890 en Providence (Rhode Island). A mi parecer, un revolucionario dentro del género del cuento de terror, uno de mis favoritos. Antes de Lovecraft, entiendo que el género de terror estaba casi monopolizado por fantasmas y demonios; los espíritus que se presentaban de una manera inmaterial pero impactante para atormentar psicológicamente y los demonios que surgían de los abismos de las tinieblas para mortificar y descargar su comportamiento tendiente al sadismo y a la burla, eran quienes se repartían la cuota de publicaciones del género.
Pero con el paso del tiempo la humanidad se fue abasteciendo de conocimientos, y por ende, las supercherías y las creencias no fundamentadas fueron disminuyendo. Sin embargo, el progreso humano ha significado también el advenimiento de nuevos misterios envueltos en la más densa neblina. Nació así la 'angustia cósmica' que tanto afectaría a Lovecraft, una angustia por lo insignificante, incierto, azaroso y hostil. Abrióse por lo tanto una nueva fuente de pesadillas pariendo monstruos, lugares y deidades que dieran respuesta a las más profundas y trascendentales dudas en un mundo ficticio, en el cual ampararse y evadirse.
Ahora bien, una génesis inspirada desde un perturbador pesimismo y desde la inseguridad no puede desembocar en narraciones alegres y optimistas... o, al menos, ése es el caso de Lovecraft. Por supuesto que Lovecraft además de concebir seres y culturas aborrecibles y repugnantes se muestra siempre derrotista ya que, aunque el personaje escape de las garras del mal, la victoria no es más que una quimera. Es una toma de aire momentánea pues el mundo esta condenado, así que no hacen más que alargar lo inevitable. Lovecraft logra crear un ambiente desolador sin la necesidad de ser demasiado detallado y conciso en la estructuración, organización y gestión del mal, pues este último se presenta inesperado y desconocido pero predeterminado. A diferencia de los cuentos de miedo que, englosados dentro de la tradición gótica, pretendían asustar mediante experiencias con entidades paranormales cuya intención era la de perturbarnos psíquicamente, en los mitos de Lovecraft son avisos de un poder y una maldad muchísimo mayores, como las señales que preceden al Apocalipsis.
Aparte de ayudarse de la ciencia-ficción para hacer más exóticas y dotar de un mayor grado de magnificencia sus narraciones, abogaría por la misma evolución del factor miedo, haciéndolo mutar en una tensión constante. El lector deja de estar guiado hacia un final en el que se le revele que al hombre al que enterraron en el cuento aún estaba vivo o a hacia otro final en el que, estelarmente, un fantasma cruce el umbral de la puerta y diga “¡Bú!” o exija venganza. No. Con Lovecraft el clímax se ha de estirar hasta la resolución final del relato (lo que no impide una revelación final) ya que se sustituye la excitación y el sobresalto final por la angustia empática del ver cómo los personajes son amenazados, perseguidos y acorralados. Y lo peor de todo, aún esquivando la muerte, estos personajes no alcanzarán la salvación ni se deleitarán con la bendición que supone el fruto de la vida, sino que a partir de ese momento vivirán sumidos en la pesadumbre pues conocerán la verdad: sabrán que están condenados.
21/08/2005 "Un cuento es un relato en el que lo que interesa es una cierta tensión, una cierta capacidad de atrapar al lector y llevarlo de una manera que podemos calificar casi de fatal hacia una desembocadura, hacia un final." Julio Cortázar
Definitivamente, mi género literario favorito es el cuento, desde pequeño me ha permitido conocer nuevos mundos donde todo es posible. He leído muchísimos cuentos de muy diversos autores, tengo la impresión de que es uno de los géneros más prolíficos.
Pero ¿qué es un cuento? Bueno, pues es un relato de ficción poco extenso que utiliza el mínimo número de palabras para transmitir el máximo de intensidad emocional; debido a su brevedad, cada frase tiene una especial significación dentro de su estructura; son particularmente importantes las del final, que suelen ser reveladoras aunque no necesariamente sorprendentes. Hay quien lo considera un género intermedio entre la novela y la poesía.
El cuento oral es tan antiguo como la humanidad, no así el cuento literario que me parece es de procedencia oriental. El vocablo "cuento" proviene de contar: lo que se dice de viva voz. De aquí se deriva el cuento popular que era también anónimo, extenso, con numerosos personajes, tramas complejas y efectos múltiples. Y sobre todo, con desenlaces inesperados. El relato corto es la expresión moderna, adulta e intelectual del cuento.
Con mayor detalle, podríamos decir que las características del cuento literario son:
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Es narrativo, cuenta algo.
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Es una narración fingida en todo o en parte; es ficción o invención literaria, aunque puede apoyarse en hechos reales o que hayan ocurrido en la realidad y que, inclusive, forman parte de la experiencia misma del autor.
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Es creación legítima de un escritor, quien lo hace llegar al lector por medio del narrador.
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Es corto o breve, se desarrolla en pocas páginas.
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Tiende a producir un solo efecto en el lector; el autor se interesa por un tema principal y no aprovecha los temas menores que la narración pueda sugerir.
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Configuración del mundo ficticio mediante elementos diversos: ambientes, épocas, personajes. Esto justifica la necesidad de emplear distintas formas de expresión.
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El narrador cierra el desarrollo de su tema central mediante un oportuno desenlace, el cual, según el caso, puede resultar esperado o inesperado.
El cuento no es una simple sucesión de anécdotas contadas, sino una síntesis superior en la cual se relaciona íntimamente la invención narrativa (fábula) con una novedosa invención idiomática (el estilo literario).
Los tres planos principales de su estructura son:
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El estrato del mundo narrado: el hecho, suceso o acontecimiento narrado, con sus episodios o incidentes. De este nivel se desprende el tema central.
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El estrato del contenido: este configura una imagen novedosa y una interpretación original de la realidad (ficticia) expresada en el mundo narrado.
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El estrato de la expresión: es por intermedio de la expresión lingüística del tema y del mundo representado, que se objetiva ante el lector la realidad del mundo narrado y éste adquiere significado y vida propia.
Todo esto puede estar encerrado en unas cuantas palabras, eso es la magia del cuento, he aquí un escrito del autor guatemalteco Augusto Monterroso -radicado en México muchos años y considerado la máxima figura hispánica del género más breve de la literatura, el microrrelato- que se ha convertido en la referencia del cuento brevísimo por antonomasia. El texto no es un fragmento, se trata de la obra íntegra.
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El Dinosaurio
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. |
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| 05/08/2005
Otro de los textos que me gustan del Manual de Instrucciones de Julio Cortázar, es en el que explica la forma de subir por una escalera. Aquí se los comparto, a ver qué opinan ustedes.
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Instrucciones para subir una escalera
Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se situó un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegando en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.

| | 21/07/2005 Sé que es grande el número de personas que batallan mucho con las matemáticas, tanto niños como adultos, y no es casualidad. La enseñanza de las matemáticas es sumamente complicada por lo intangible que se torna en ocasiones. Sin embargo, hay algunos textos que pueden acercar un poco a los lectores a este fascinante universo abstracto que no es otra cosa sino la descripción de nuestro vasto y complejo mundo. El escritor alemán Hans Magnus Enzensberger publicó una obra que cumple muy bien este fin llamada 'El diablo de los números', la cual recomiendo ampliamente a los lectores de todas las edades.
El autor del libro lo define como “una extraña historia”, y avisa que los términos que usa este diablillo de los números difieren de los utilizados por los matemáticos, pero que los conceptos explicados son plenamente serios y correctos. Este libro se recomienda a aquéllos que les gusta pensar, y sobre todo para los que quieren aprender a razonar y a comprender los principios matemáticos esenciales, más que las operaciones mecánicas en sí. El autor presenta a un pequeño y travieso diablito, elegantemente vestido, que fuma pipa y tiene una gran inventiva para llevarnos a través de 12 capítulos o sueños a imaginar las teorías y propuestas de grandes matemáticos, explicándolas de forma comprensible.
El texto nos presenta a Roberto, un asombrado niño que al inicio del libro odia las matemáticas y poco a poco, conforme transcurren sus mágicos sueños, se encanta con los números, los símbolos y sus combinaciones, las cuales parecen cosa de hechizo. Entre el pequeño y el diablo de los números, se establecen diálogos amenos y sorpresivos, teñidos de la fascinación con la que el diabólico personaje muestra su creatividad, desplegando gran variedad de recursos didácticos.
Los capítulos corresponden al número de noches en las que Roberto sueña con su singular amigo. Aunque los temas tratados en los sueños aparentemente son pocos, son muchos los conceptos que trata el libro. El lector puede revisar en orden los capítulos o acudir al índice alfabético y buscar un tema: por ejemplo, la división. En el anexo se le indican las páginas 50 y siguientes, correspondientes al sueño 3, dónde se conoce a través de unos números que el diablo pinta en una cueva, información sobre la división, la inutilidad de dividir entre cero y los números primos o de “primera”, como los llama el diablo protagonista.
El libro está escrito para niños, pero sobre todo se recomienda a los maestros y padres de los niños. A los docentes que tienen interés en que sus alumnos aprendan a razonar y ofrecerles mejores explicaciones sobre los conceptos y operaciones. Es una entretenida historia en la que se mezclan anécdotas, conceptos, juegos e historias, que muestra cómo todo cuadra en matemáticas, por qué existe un orden interno, (con la reserva de algunos misterios que aún están rompiendo la cabeza de muchos sabios). Por ello podemos decir que los números guardan muchos secretos y siempre tendrán algo nuevo para descubrir.
Hans Magnus Enzensberger
Nació en 1929 en Kaufbeuren, en la Algovia bávara. Estudió literatura y filosofía en varias Universidades y se doctoró con un trabajo sobre Brentano. Viajero incansable, ha vivido en Noruega, Italia, los Estados Unidos y Cuba. Ha sido considerado como uno de los más grandes poetas alemanes vivos. Su obra es muy extensa. Desde 1965 edita la revista Kursbuch, hoy más política que literaria. Premio Büchner en 1963. Editor de poetas extranjeros contemporáneos y de antologías. Ensayista y Traductor. Autor de literatura documental en forma novelada (Durruti) o dramática (Interrogatorio de La Habana). Salido también de la incubadora surrealista, deriva hacia un objetivismo creciente que acaba convirtiéndolo en continuador principalmente lírico del tono "épico" o "civil" de Brecht o Kästner. Como el primero, Enzensberger es poeta "impuro": la poesía no cumple con un fin en sí, sino que se pone al servicio de otros fines (Gebrauchslyrik). Aunque tiene de común con Brecht, además del ideario político, su sentido de la protesta y de la crítica frente a la ideología burguesa y a sus fechorías (El hundimiento del Titanic, 1978) o de defensa de un credo humanitarista (Migajas políticas), le distingue de aquél el tono "docto" de su obra poética, que hallan su expresión más patente en las baladas ideológico-culturales de Mausoleum (1975), su último poemario, tras un silencio lírico que ha durado más de diez años, en cuyo transcurso (1968) proclamo la «muerte» de la literatura.Otros trabajos en castellano de este escritor son Perspectivas de Guerra Civil, Zig-Zag, Mediocridad y Delirio, El filántropo, y ¿Dónde has estado Robert?, cuyo protagonista es el mismo niño de doce años de El diablo de los números. En este caso a Robert le basta con caer en una imagen para introducirse en la época en que transcurre, lo que le llevará a "visitar" la Alemania nazi, la Guerra de los Treinta años o la Revolución Rusa, ejemplos concretos de un total de siete viajes.
15/07/2005 “Nadie hubiera creído, en los últimos años del siglo XIX, que a nuestro mundo lo observaban minuciosamente inteligencias mayores que las del hombre, aunque mortales como él; que, mientras los hombres se ocupaban de sus diversos asuntos, alguien los vigilaba y los estudiaba, quizá tan detalladamente como un hombre con un microscopio podría vigilar a las pequeñas criaturas que medran y proliferan en una gota de agua. Con infinita complacencia, los hombres fueron de un lado a otro por el planeta ocupándose de sus pequeños asuntos, seguros de su dominio sobre la materia. Tal vez los microbios que vemos al microscopio hacen lo mismo. Nadie pensó que los mundos más antiguos del espacio pudieran ser fuente de peligro para la humanidad. Sólo pensamos en ellos para desechar la idea de que pudieran albergar vida. Es extraño recordar los hábitos mentales de aquellos días. Cuando mucho, los hombres se imaginaban que en Marte vivían otros hombres, quizá inferiores a ellos y dispuestos a recibir emisarios terrestres. Pero a través de las enormes distancias espaciales, unas mentes que son a las nuestras como las nuestras a las de las bestias, unos intelectos vastos, fríos y crueles, miraban a la Tierra con envidia, y, lenta pero inexorablemente, fraguaron planes contra nosotros. Entonces, a principios del siglo XX, se produjo la gran revelación”.
H. G. Wells La guerra de los mundos
Bueno, pues así empieza uno de mis libros favoritos y, de hecho, el primero que leí dos veces. Me viene ahora a la mente porque ayer fui a ver la película de Spielberg que es una adaptación de esa gran obra literaria. Debo reconocer que asistí al cine con escepticismo, ya que Spielberg nunca ha sido uno de mis directores favoritos, ni Tom Cruise había terminado de convencerme, sin embargo, creo que el resultado fue bueno, sin dejar de haber detalles que desmerecen la historia. La película es infinitamente mejor que el churro ridículo que se filmó en los años 50, en el cual jamás se asomó la esencia del libro; sin embargo, sigo creyendo que lo ideal sería filmar la historia ambientada en la Inglaterra de principios del siglo pasado.
Pero antes de hablar de la película, quisiera hablar hacerca del libro, el cual recomiendo ampliamente para su lectura. La guerra de los mundos, publicado primeramente en 1898, narró por primera vez en la historia de la literatura un tema que ha sido recurrente desde entonces y que dió origen a todo un subgénero dentro de la ciencia ficción: la invasión hostil de la Tierra por extraterrestres procedentes de Marte, recibidos por una humanidad ingenua que tendrá que organizarse para impedir una destrucción masiva del planeta. A través de esta fábula en la que las descripciones científicas, las premoniciones sobre el futuro de la tecnología y los entresijos de la política ocupan un lugar central, H. G. Wells nos habla sobre la vanidad y la seguridad ficticia de una humanidad autosatifecha, y los peligros que acechan su supervivencia
La gran revelación a la que alude Herbert George Wells se produce cuando un ejército marciano hostil invade la Tierra en naves extrañas, dotadas de armas que escupen rayos verdes de destrucción. ¿Te suena conocido? Es que los rasgos generales de La guerra de los mundos se han imitado muchas veces en programas de televisión y películas. Wells escribió su obra por la época del furor de los canales de Marte y quizá contribuyó a la obsesión humana por el planeta rojo. También definió el tono de los relatos acerca de encuentros interplanetarios de los siguientes decenios: superiodidad tecnológica de los invasores, hostilidad y guerra. A partir de esta novela se creó la subcultura extraterrestre, en la cual sólo el público de E.U.A. o el Reino Unido comprende el doble significado del término Alien, no como seres de otros mundos invadiendo la Tierra, sino como inmigrantes de diferentes culturas 'invadiendo' sus paises.
El libro fue interpretado como una crítica a las acciones colonialistas en América, África y Asia. La justificación de la conquista de pueblos no europeos fue normalmente "el poder de la razón"; por ejemplo, Europa siempre ha tenido una tecnología superior, lo cual ha otorgado a los europeos la condición de seres superiores, cuya misión era conquistar todos los países y pueblos. Este argumento se desvaneció con la llegada de unos marcianos, que a su vez estaban tecnológicamente mucho más avanzados. Haciendo caso de los argumentos de los colonizadores, deberían subyugar a Europa. Wells parece disfrutar con la destrucción literaria de lugares donde pasó una infancia infeliz.
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Una anécdota interesante
En 1938 el cineasta estadounidense Orson Welles tenía un popular programa de radio que consistía en adaptar obras de teatro y literatura a ese medio. El 30 de octubre de ese año, Welles transmitió una adaptación de La guerra de los mundos. Al principio de la transmisión, un locutor indicó que empezaba el programa y cedió la palabra a Welles. Entonces éste empezó sin más a recitar las primeras líneas de la novela (las que encabezan esta entrada) en tono dramático. Alguien que hubiera encendido la radio cuando hablaba Welles aún podría haber distinguido que se trataba de una ficción, pero...
La adaptación que hizo Welles no era una simple lectura del texto de su casi homónimo Wells. La historia estaba disfrazada de programa musical interrumpido por informes noticiosos de que unos astrónomos acababan de ver unas extrañas explosiones en Marte. Luego un reportero entrevistaba a un astrónomo, que decía que no podía explicar qué estaba pasando. Al rato se veía caer del cielo un meteorito en Nueva Jersey. Después resultaba que era un objeto cilíndrico descomunal. Se reunía mucha gente para verlo hasta que el aparato se abría y del interior salían unas criaturas monstruosas. Se oían gritos, el reportero vociferaba. La atmósfera de la transmisión era de un realismo total. ¡Los que no oyeron el principio del programa pensaron que un ejército marciano estaba invadiendo el mundo!
El programa de Orson Welles produjo histeria en masa. Hubo quien se encerró en el sótano de la casa con pistolas. Otros se pusieron toallas mojadas en la cara para protegerse del gas venenoso de los marcianos. El programa fue motivo de escándalo e indignación cuando se reveló la realidad. También demostró el poder de una narración bien hecha. Fue uno de los momentos más gloriosos (y terribles) de la historia de la radio.
En la novela original los marcianos acaban sucumbiendo, no a las armas de los terrestres, muy inferiores a las de aquellos, sino a simples infecciones bacterianas.
Puedes escuchar el famoso programa de Orson Welles (en inglés) en internet en esta dirección: The War of the Worlds. |
En el libro, un narrador que experimentó la ficticia invasión marciana relató los acontecimientos seis meses después de sucedidos, y divide la novela en dos narraciones, la primera donde relata sus terribles experiencias, y la segunda donde relata las experiencias de su hermano cuando Londres es invadido. Según la trama, una especie inteligente que vive en Marte está más desarrollada en ciencia y tecnología que los humanos, a quienes observan y estudian desde hace años, sin salir de su hogar. Llegado el momento, los marcianos ejecutan la conquista de la Tierra, que habían preparado desde hacía mucho tiempo; cuyo motivo es conseguir más recursos naturales y un clima favorable para perpetuar la vida marciana que se está extinguiendo en Marte.
Los humanos no sabían de su existencia aunque los astronomos estudiaran Marte, pero tiempo antes de la invasión algunos habían detectado actividad espectroscópica en el planeta rojo y objetos rumbo a la Tierra. Un astrónomo advierte de estos hechos al narrador de la historia. Los marcianos viajan en vehículos cilíndricos parecidos a balas huecas pero resistentes a impactos violentos, que supuestamente fueron disparados desde un gigantesco cañón marciano por medio de explosiones de hidrógeno. Estos vehículos caen gradualmente en Inglaterra, y de éstos salen algunos marcianos montados en gigantescos vehículos de combate de tres patas y dos brazos tentaculares, equipados con un arma de rayos cósmicos y armas químicas.
Despues de derrotar a la resistencia inglesa, los marcianos devastan la mayor parte de Inglaterra del Este, incluyendo Londres. Posteriormente, explotan los recursos naturales, se alimentan de sangre humana y también propician la propagación de plantas marcianas. Aunque inesperadamente los marcianos y sus plantas mueren por enfermedades terrestres comunes contra las cuales no tenían inmunidad.
Ahora pasemos a la película, ésta empieza justo con las primeras líneas de la novela, una especie de ensayo en donde Wells sienta las bases del libro. Despues vemos a Tom Cruise, quien hace muy bien su papel de padre fracasado e irresponsable. Esta parte no tiene que ver con el libro, pero resultó bien lograda. Ahora quiero plantear lo que me gustó y no del filme, advierto para quienes no lo hayan visto que puedo incluír adelantos (spoilers).
Me gustó que por primera vez se observan los asombrosos trípodes que Wells menciona en su libro como "máquinas de combate" marcianas. También me gustó cómo en la pelicula combinaron en un solo personaje a dos del libro: el vicario y al artillero, uno que perdió la razón y otro con grandes sueños de grandeza fuera de contexto. Ambos personajes se ven reflejados en Ogilvy en la película; en el libro, Ogilvy es un pobre astrónomo quien es el primero en morir en manos de los marcianos. Otro punto a favor de la película es el rayo ardiente -el arma de los trípodes marcianos- el cual plasmaron casi como yo me lo imaginaba, le quitaría el "casi" si el mentado rayo también hubiera quemado la ropa y no sólo a las personas. Otra escena que me parece memorable en la película, es en la que el tentáculo marciano se mete a la casa donde están encerrados los personajes -en el libro están el vicario y el protagonista, en la película están Ogilvy, Cruise y la hija de Cruise-, muy fiel al relato, salvo por un agregado de Spielberg que, aunque no queda mal, tampoco me pareció necesario.
Lo que no me gustó es que, aunque se las arreglaron muy bien para situar la historia en Nueva York, cuando en el libro se sitúa en pequeños poblados cercanos a Londres, y también para transmitir el personaje del hermano del protagonista del libro al personaje del hijo de Tom Cruise en la película (Wells se las arregló muy bien sin darle nombres propios a los personajes principales del libro, se ha dicho no sé si con fundamento, que el protagonista puede ser él mismo), yo hubiera querido ver el argumento tal cual es. Además, la historia de cómo llegaron los trípodes marcianos a la Tierra se me hizo lo menos creíble de la película, no se adapta al libro en ningun modo, ya que en el libro las máquinas de combate fueron transportadas por el espacio en cilindros disparados desde Marte, mucho más lógico para mi gusto. El cambio presumiblemente se debe a la modernización de la historia, una tarea que no debió ser fácil, ya que por ejemplo, en el libro los humanos bombardean a los marcianos con baterias de cañones de calibre 9, en cambio, en la película los atacan con helicópteros Apaches, tanques, aviones F-22, raptors y cosas por el estilo. 18/06/2005 En el transcurso de mi vida, he sufrido la pérdida irreparable de varios seres queridos, algunos muy cercanos. Las más dolorosas: la muerte de mi padre y la de uno de mis hermanos. La experiencia es terríblemente dolorosa, porque aunada a la sensación de un súbito vacío, se experimenta un desolador remolino de recuerdos. En esos momentos, la interacción con la gente cercana, pero ajena a la familia, se torna compleja; ya que junto a las sinceras y confortantes muestras de apoyo y comprensión por parte de algunos, existe el desfile nefasto e irritante de la hipocresía y el oportunismo por parte de otros.
Por eso, la conducta en un velorio debe ser cuidadosa, respetuosa y sensible a los sentimientos maltrechos de quienes sufren el trance de ver extinta una vida importante para ellos. Es importante tomar esto en cuenta al pretender dar un pésame.
Y para abordar este tema de una forma lúdica y -sobre todo- satírica, incluyo el texto titulado Conducta en los velorios, escrito por uno de mis autores preferidos, Julio Cortázar, y el cual está incluído en sus Ocupaciones raras.
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Conducta en los velorios
No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y los acompañamos desde lejos. A lo sumo mi madre va un rato y saluda en nombre de la familia; no nos gusta interponer insolentemente nuestra vida ajena a ese diálogo con la sombra. Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la sospecha de que en un patio cubierto o en la sala se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera a que el velorio esté a punto, y se va presentando de a poco pero implacablemente.
En Pacífico las cosas ocurren casi siempre en un patio con macetas y música de radio. Para estas ocasiones los vecinos condescienden a apagar las radios, y quedan solamente los jazmines y los parientes, alternándose contra las paredes. Llegamos de a uno o de a dos, saludamos a los deudos, a quienes se reconoce fácilmente porque lloran apenas ven entrar a alguien, y vamos a inclinarnos ante el difunto, escoltados por algún pariente cercano. Una o dos horas después toda la familia está en la casa mortuoria, pero aunque los vecinos nos conocen bien, procedemos como si cada uno hubiera venido por su cuenta y apenas hablamos entre nosotros. Un método preciso ordena nuestros actos, escoge los interlocutores con quienes se departe en la cocina, bajo el naranjo, en los dormitorios, en el zaguán, y de cuando en cuando se sale a fumar al patio o a la calle, o se da una vuelta a la manzana para ventilar opiniones políticas y deportivas. No nos lleva demasiado tiempo sondear los sentimientos de los deudos más inmediatos, los vasitos de caña, el mate dulce y los Particulares livianos son el puente confidencial; antes de media noche estamos seguros, podemos actuar sin remordimientos. Por lo común mi hermana la menor se encarga de la primera escaramuza; diestramente ubicada a los pies del ataúd, se tapa los ojos con un pañuelo violeta y empieza a llorar, primero en silencio, empapando el pañuelo a un punto increíble, después con hipos y jadeos, y finalmente le acomete un ataque terrible de llanto que obliga a las vecinas a llevarla a la cama preparada para esas emergencias, darle a oler agua de azahar y consolarla, mientras otras vecinas se ocupan de los parientes cercanos bruscamente contagiados por la crisis. Durante un rato hay un amontonamiento de gente en la puerta de la capilla ardiente, preguntas y noticias en voz baja, encogimientos de hombros por parte de los vecinos. Agotados por un esfuerzo en que han debido emplearse a fondo, los deudos amenguan en sus manifestaciones, y en ese mismo momento mis tres primas segundas se largan a llorar sin afectación, sin gritos, pero tan conmovedoramente que los parientes y vecinos sienten la emulación, comprenden que no es posible quedarse así descansando mientras extraños de la otra cuadra se afligen de tal manera, y otra vez se suman a la deploración general, otra vez hay que hacer sitio en las camas, apantallar a señoras ancianas, aflojar el cinturón a viejitos convulsionados. Mis hermanos y yo esperamos por lo regular este momento para entrar en la sala mortuoria y ubicarnos junto al ataúd. Por extraño que parezca estamos realmente afligidos, jamás podemos oír llorar a nuestras hermanas sin que una congoja infinita nos llene el pecho y nos recuerde cosas de la infancia, unos campos cerca de Villa Albertina, un tranvía que chirriaba al tomar la curva en la calle General Rodríguez, en Bánfield, cosas así, siempre tan tristes. Nos basta ver las manos cruzadas del difunto para que el llanto nos arrase de golpe, nos obligue a taparnos la cara avergonzados, y somos cinco hombres que lloran de verdad en el velorio, mientras los deudos juntan desesperadamente el aliento para igualarnos, sintiendo que cueste lo que cueste deben demostrar que el velorio es el de ellos, que solamente ellos tienen derecho a llorar así en esa casa. Pero son pocos, y mienten (eso lo sabemos por mi prima segunda la mayor, y nos da fuerzas). En vano acumulan los hipos y los desmayos, inútilmente los vecinos más solidarios los apoyan con sus consuelos y sus reflexiones, llevándolos y trayéndolos para que descansen y se reincorporen a la lucha. Mis padres y mi tío el mayor nos reemplazan ahora, hay algo que impone respeto en el dolor de estos ancianos que han venido desde la calle Humboldt, cinco cuadras contando desde la esquina, para velar al finado. Los vecinos más coherentes empiezan a perder pie, dejan caer a los deudos, se van a la cocina a beber grapa y a comentar; algunos parientes, extenuados por una hora y media de llanto sostenido, duermen estertorosamente. Nosotros nos relevamos en orden, aunque sin dar la impresión de nada preparado; antes de las seis de la mañana somos los dueños indiscutidos del velorio, la mayoría de los vecinos se han ido a dormir a sus casas, los parientes yacen en diferentes posturas y grados de abotagamiento, el alba nace en el patio. A esa hora mis tías organizan enérgicos refrigerios en la cocina, bebemos café hirviendo, nos miramos brillantemente al cruzarnos en el zaguán o los dormitorios; tenemos algo de hormigas yendo y viniendo, frotándose las antenas al pasar. Cuando llega el coche fúnebre las disposiciones están tomadas, mis hermanas llevan a los parientes a despedirse del finado antes del cierre del ataúd, los sostienen y confortan mientras mis primas y mis hermanos se van adelantando hasta desalojarlos, abreviar el ultimo adiós y quedarse solos junto al muerto. Rendidos, extraviados, comprendiendo vagamente pero incapaces de reaccionar, los deudos se dejan llevar y traer, beben cualquier cosa que se les acerca a los labios, y responden con vagas protestas inconsistentes a las cariñosas solicitudes de mis primas y mis hermanas. Cuando es hora de partir y la casa está llena de parientes y amigos, una organización invisible pero sin brechas decide cada movimiento, el director de la funeraria acata las órdenes de mi padre, la remoción del ataúd se hace de acuerdo con las indicaciones de mi tío el mayor. Alguna que otra vez los parientes llegados a último momento adelantan una reivindicación destemplada; los vecinos, convencidos ya de que todo es como debe ser, los miran escandalizados y los obligan a callarse. En el coche de duelo se instalan mis padres y mis tíos, mis hermanos suben al segundo, y mis primas condescienden a aceptar a alguno de los deudos en el tercero, donde se ubican envueltas en grandes pañoletas negras y moradas. El resto sube donde puede, y hay parientes que se ven precisados a llamar un taxi. Y si algunos, refrescados por el aire matinal y el largo trayecto, traman una reconquista en la necrópolis, amargo es su desengaño. Apenas llega el cajón al peristilo, mis hermanos rodean al orador designado por la familia o los amigos del difunto, y fácilmente reconocible por su cara de circunstancias y el rollito que le abulta el bolsillo del saco. Estrechándole las manos, le empapan las solapas con sus lágrimas, lo palmean con un blando sonido de tapioca, y el orador no puede impedir que mi tío el menor suba a la tribuna y abra los discursos con una oración que es siempre un modelo de verdad y discreción. Dura tres minutos, se refiere exclusivamente al difunto, acota sus virtudes y da cuenta de sus defectos, sin quitar humanidad a nada de lo que dice; está profundamente emocionado, y a veces le cuesta terminar. Apenas ha bajado, mi hermano el mayor ocupa la tribuna y se encarga del panegírico en nombre del vecindario, mientras el vecino designado a tal efecto trata de abrirse paso entre mis primas y hermanas que lloran colgadas de su chaleco. Un gesto afable pero imperioso de mi padre moviliza al personal de la funeraria; dulcemente empieza a rodar el catafalco, y los oradores oficiales se quedan al pie de la tribuna, mirándose y estrujando los discursos en sus manos húmedas. Por lo regular no nos molestamos en acompañar al difunto hasta la bóveda o sepultura, sino que damos media vuelta y salimos todos juntos, comentando las incidencias del velorio. Desde lejos vemos cómo los parientes corren desesperadamente para agarrar alguno de los cordones del ataúd y se pelean con los vecinos que entre tanto se han posesionado de los cordones y prefieren llevarlos ellos a que los lleven los parientes.

| 02/04/2005
Uno de mis autores favoritos es Julio Cortázar, escritor Argentino nacido en Bruselas en 1914, quien dentro de su Manual de Instrucciones incluyó el siguiente texto:
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Instrucciones para llorar
Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente.
Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en el pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca.
Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia dentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.

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